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La gestión de la crisis de la pandemia.

            Y llegó la declaración del estado de Alarma. Siete horas más de lo previsto duró el Consejo de Ministros, un orfeón que desafinaba porque un personaje, el de la Coleta (me niego a nombrarle por su nombre) rompía la lógica y pretendía aprovechar la ocasión para darle un golpe mortal a nuestra democracia. Finalmente, a hora avanzada, se publicó en el BOE de ese mismo sábado, dado que el BOE no se publica en domingo. El decreto, tal como el borrador que se filtró. Tarde y mal.

            Recordemos que se sabe de la existencia del brote epidémico desde finales del año pasado. En el recuerdo de todos no ya la irresponsable, sino criminal manifestación del 8-M (el Gobierno sabía lo que ocurría; de ahí los guantes de las ministras), la tardanza en tomar medidas como el control de los aeropuertos y puertos o las Fallas en Valencia.

            Rendidos a la realidad, las cifras evolucionan conforme era previsible en los modelos matemáticos que nos convierte en el epicentro de la infección y en los campeones en contagios y muertos, todavía en el momento de escribir superados por Italia pero no por mucho tiempo. Ha acontecido con el peor gobierno y de la peor manera. La descoordinación, la improvisación y la ineficiencia pronto han mostrado su cara, tanto de un gobierno central por detrás de los acontecimientos, sin iniciativa, la deslealtad de los traidores separatistas, lo disfuncional de las Taifas, la ineptitud mayúscula de los ministros, los complejos en recurrir al ejército, así como en otras administraciones que han tenido que improvisar.

            El control parlamentario del gobierno ha sido amordazado, y las televisiones y medios afines practican una política de complicidad en la ocultación de datos, en el maquillaje descarado hasta el punto de perder la credibilidad y la población confiar más en dimes y diretes transmitidos por redes sociales.

            Las consecuencias van a ser durísimas: muchos más contagiados, muchos más fallecidos, muchísimos más parados. Nos ha pillado con el pie cambiado. Son las consecuencias de no votar con la cabeza y de la poca cabeza que tienen quienes hayan votado a este gobierno del Frente Popular.

            Pero sobre todo esta situación inédita que ha paralizado a España y a muchos países del mundo va a tener consecuencias; habrá un antes y un después. Empecemos por España.

            Al Gobierno habrá que exigirle responsabilidad política. ¡Qué menos! Y es nuestra opinión que también deberá exigírsele responsabilidad penal. El impresentable de la Coleta no debe estar ni un minuto más en la vida pública, y menos, en el Gobierno. Hay razones para una moción de censura.

            Debe haber un gobierno de coalición, de unidad, y deben estar excluidas todas aquellas fuerzas que no actúen en aras a la unidad de salir de esta crisis. La deslealtad tiene un precio, y no es descartable la ilegalización de partidos políticos o la aplicación del estado de alarma y del artículo 155 de la Constitución a Cataluña.

            Lo primero tras la formación de un nuevo gobierno (con el actual no se va a ninguna parte), sería consensuar unos Presupuestos Generales que contemplen  partidas presupuestarias y carga fiscal de forma proporcionada para superar esta situación crítica; no es el momento de aumentos de sueldo ni de dispendios en ayudas de dudoso retorno.

            Se ha puesto en evidencia lo disfuncional del estado de las Taifas. La organización territorial del Estado debe tener modificaciones, y se tiene que acabar con el trato de favor a Cataluña y Vascongadas. El cupo vasco y navarro debe desaparecer.

            También se ha puesto de manifiesto la futilidad de leyes rimbombantes que son inoperantes: que si de salud laboral, que si delegados sindicales y de prevención de riesgos laborales, que si juntas de delegados de personal. Chiringuiteo que en realidad oculta la infiltración de la progrez en todos los ámbitos de nuestra vida, de las consignas oficiales que adulteran nuestra democracia.

            Todas las instituciones han funcionado mal. El CGPJ por ejemplo, su Presidente, Lesmes, poco tiempo antes andaba de turismo en Marruecos y en cada ciudad, los jueces y sin contar con el resto del funcionariado han tenido que improvisar según las circunstancias. La Fiscal General debería estar encausada por su pasado. Los políticos tienen un nivel propio de cabecillas estudiantiles de instituto, y las declaraciones con motivo del 8-M ofenden la inteligencia de las personas normales.

            La sanidad no ha estado bien gestionada. Ni las fuerzas de orden público. No han contado con protocolos claros, con material imprescindible como guantes o mascarillas que se les ha venido negando mientras se despilfarraba dinero en chiringuitos y clientela de la progrez. La comunicación falla. Las páginas web institucionales no proporcionan información necesaria ni sirven como canal de información o referencia por falta de planificación.

            Quede claro que los profesionales de la sanidad y del orden público así como otros funcionarios se merecen un reconocimiento y una ovación. Muchos lo han pagado con sus vidas. Pero por encima está el nivel político, y en este nivel la gestión ha fallado con algunas excepciones. El ciudadano tiene derecho a exigir cambios a esos políticos, y renovación de cargos quienes no hayan estado a la altura de lo esperado.

            A nivel internacional primero fijémonos en Europa: la gestión de las crisis ha de ser más ágil, y aunque se respete la autonomía de los Estados, no es de recibo medidas dispares entre estos. El espacio aéreo, el territorio Schenguen y la economía se han visto afectados. Da la sensación de ser paletos que no somos conscientes de las realidades que surgen más allá de nuestras fronteras y ante las que siempre reaccionamos tarde. Se requiere un esfuerzo presupuestario y más disciplina, pues la Unión Europea puede fracasar como no la haya. La conclusión es clara: más Europa. Es el único camino posible.

            Los países que superen esta crisis quedarán en posición ventajosa respecto a los que paguen un precio más alto por su ineficacia e imprevisión. China es ya la primera potencia económica y deja sentir su peso a través de sus bancos.

            Los EE.UU. aún no han sufrido las consecuencias de esta pandemia que tarde o temprano, con vacuna o sin ella, les llegará. Podrá sufrir más o menos daño según gestione el reto, pero previsiblemente no lo hará mejor que Europa dadas sus singularidades. La presidencia de Trump, que ha irrumpido en el mundo cual elefante en cacharrería, le ha ocasionado un aislamiento político mayor, el distanciamiento con Europa, y por más que haga ruido, no ha podido evitar el poder de China ni la pérdida de influencia en Oriente medio. América y África ya no son su cortijo, y de Asia se baten en retirada. La Unión Europea está conteniendo en África al islamismo radical, y OTAN carece de justificación.

            Los cambios no vendrán de la noche a la mañana, pero sí, esta pandemia es revolucionaria: habrá un antes y un después.

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