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¿Qué hacer en 2020?

5 de enero de 2020. Momentos de indignación, consternación y confusión. Ante esta circunstancia conviene hacer algunas reflexiones.

Estamos ante tres crisis que se superponen. En primer lugar, una crisis económica que, con todo respeto a las personas que estén pasando dificultades, es la menos importante. Sobre ella se superpone otra crisis de mayor magnitud y relevancia que es una crisis institucional sin precedentes. No es que como consecuencia de la crisis económica haya tensiones políticas que provocan una crisis institucional, sino a la inversa, la crisis institucional genera un deterioro de las condiciones económicas.

Pero hay aún una crisis de mayor gravedad que es la que ha provocado la crisis política: una crisis de identidad, de valores, de principios. Sólo así se entiende que un partido trasnochado basado en la demagogia y el resentimiento de la ultraizquierda como Podemos haya llegado a ser la tercera fuerza política de España.

La falta de cultura política y de identidad nacional es la causa. Se desconocen los principios democráticos en una generación que ha sido educada en tiempos de la democracia. No menos grave es la falta de identidad nacional sustituida por un falso sentimiento de tribu local, las “naciones” de las que hablan las “maras” de pandilleros que gustan del reagetón, versión de Taifa española, esto es nazionalenta, paleta.

Ante esta circunstancia debemos hacer repaso de nuestra Constitución. Hemos tenido diez constituciones (incluyendo el Estatuto de Bayona), curiosamente todas ellas muy parecidas entre sí, habiendo únicamente una decena de diferencias sustanciales entre ellas, muchas de ellas ya superadas: monarquía-república, posición frente a la iglesia católica, bicameral-monocameral, etc. Instituciones como la provincia pasan de una constitución a otra sin que hayan sido cuestionadas. La conclusión que extraemos es que cualquier otra constitución sería muy parecida a la actual, y puesto que hay un mecanismo para su reforma, no se justifica un salto al vacío abriendo un periodo constituyente con la inestabilidad que conlleva.

La deslealtad constitucional fruto de la doble deslealtad a España y a la democracia es la base que ha llevado a la izquierda a cuestionar el modelo actual, y ello de forma taimada con pactos con los nazionalentos basados en apartheid en sus Taifas y en la división y distanciamiento territorial basado en posicionamientos egoístas y en el siempre presente odio a España. Odio que se materializa en una Leyenda Negra anti-España impregnada del guerracivilismo segundorepublicano y mito antifranquista de carácter identitario que lleva a descalificar a todo aquel que no comulga del pensamiento único de esa izquierda desnortada y antisistema. Naziotas y ultraizquierda incompatibles con el progreso, por más que se autodenominen “progresistas” y por supuesto incompatibles con la construcción europea.

Es urgente acometer una campaña frente a una juventud desnortada impregnada por la presión mediática de los terminales de los antisistema, izquierda y Taifas basadas en el apartheid, para recuperar los valores constitucionales que no son sino los valores democráticos, y que no existe otra democracia alternativa basada en un discurso falaz sobre los mitos extendidos por esa izquierda traidora o en falsas repúblicas supremacistas. No es labor de un día o de una semana, sino que se ha de prorrogar en el tiempo.

El mal está hecho. ¿Qué hacer a partir de hoy?

Si Sancheztéin forma gobierno debemos tener presente que el sistema legislativo español es muy lento: desde que entra en el registro de entrada un proyecto de ley hasta que sale publicada la ley en el BOE han transcurrido seis meses. Teniendo en cuenta que los periodos de sesiones son de febrero a junio, y el siguiente, de septiembre a diciembre (art. 72.2 CE), y que gracias a Rajoy se recuperó el recurso de inconstitucionalidad previo, hasta septiembre en el que se negocien los Presupuestos Generales del Estado no es previsible grandes cambios, salvo vía decreto provocando tensiones jurídicas (y también judiciales).

Será en otoño cuando el ambiente se crispe como consecuencia de promesas incumplidas, el descoserse las costuras de tantas facciones que juegan su propia partida, el nerviosismo de ciertos colectivos (“qué es de lo mío”), y las consecuencias de las políticas desacertadas en la economía, en la convivencia y las tensiones institucionales. En este ámbito es especialmente preocupante la infiltración de sectarios prostituidos en las instituciones de control, si bien tanto el Tribunal Constitucional como el Consejo General del Poder Judicial precisan de ciertas mayorías cualificadas que afortunadamente les preservan de esta corrupción. Otras instituciones no tendrán igual suerte.

Ante esta circunstancia no cabe sino la movilización, la presión constante. No es labor de un único día. Ni tampoco de salir a la calle con una bandera Nacional a desahogarse, sino de obrar con inteligencia.

Otro tema es el cese por la Junta Electoral Central del Presidente de la Generalidad Catalana. Se abre otro frente que no tiene otra opción que elecciones anticipadas en esa Taifa. Cuando la situación se estabilice no queda otra opción que la intervención, dado el deterioro institucional severo que sufre; una intervención larga inevitable que debería abordarse valientemente y no tener por objeto simplemente apartar a determinadas personas sino abordar el problema de forma definitiva. No es lógico que al igual que en la película Matrix estemos ante una solución con un fallo sistémico que se reproduce cíclicamente cada cierto tiempo.

A pesar de la derrota de esta gentuza que nos está llevando a la ruina, la presión mediática, el contexto, una sociedad desinformada y sin tiempo, fuerzas ni ganas cuando regresa a sus casas de buscar información, es presa de esta situación fáctica. Es una minoría la que trata de imponerse a la mayoría silenciosa. Finalizo con una cita conocida: “para que el mal triunfe basta con que los hombres de bien no hagan nada”. Ha llegado el momento de actuar.  Y con cabeza.

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